Estamos en el escenario futurista que empezamos a imaginar hace 15 años. La tecnología está presente al igual que la velocidad, pero articuladas por un sistema tirano que exige hiperproductividad con discursos vacíos y promesas insostenibles. Esta aceleración capitalista no respeta los semáforos rojos de nuestra biología, pero si la impregnamos con la lentitud natural de la vida el sistema pierde fuerza sobre el pedal.

La velocidad supersónica del consumismo
Los primeros coches estaban pensados para durar mucho tiempo. Por eso son la vieja fiable de la movilidad en terrenos y situaciones difíciles. Cualquier coche moderno se iría al traste con tan solo un cuarto del kilometraje de esas antiguallas. Lo mismo sucedió con el Nokia, un referente de la resistencia tecnológica que nos han robado.
Los vehículos hoy se reproducen como churros y cada año tenemos una nueva carcasa para el mismo interior, lo que realmente contiene el valor y sí que tarda más en innovarse. Cada 6 meses tenemos un modelo nuevo de móvil, que es más caro y dura menos. Esto nos deja la lección maestra de que la velocidad no significa mejora y no hay por qué mirarla obligatoriamente con buenos ojos.
La velocidad de las exigencias laborales
El mercado estándar, en su infinito egoísmo, exige cada vez más habilidades dispares para la misma profesión, menos criterio propio y más repetición de fórmulas por el mismo salario. La creatividad artística en la era de la métrica es toda una odisea profesional.
La forma en la que profesiones que hace 10 años se postulaban como estrictamente necesarias han desaparecido representa otro ejemplo de la velocidad aplicada al ámbito laboral. La velocidad de la innovación tentó fuertemente al capitalismo que se decantó rápidamente por el camino fácil, dejando atrás cualquier resto de ética o sentido común.
En un escenario como este es inevitable plantearse una reflexión profunda sobre la proyección de nuestra carrera en el que acabamos descubriendo que lo que tiene un valor humano prevalece sobre la réplica técnica.
La velocidad de las relaciones
Las relaciones personales han adquirido la misma velocidad consumista. Son escasas las parejas que superan el paso de los años. Está de moda el amor de usar y tirar: es el arte de no vincularse profundamente. La decepción del amor idílico de los cuentos de Disney ha dado paso al narcisismo emocional y al nihilismo relacional.
Esta tendencia de consumo interpersonal nos hace reflexionar profundamente dónde reside el valor de la socialización y la interacción humana.
La velocidad de los medios de comunicación
Es una ventaja que estemos informados al instante, pero es un gran inconveniente que los medios estén infestados de noticias manipuladas y de titulares maquetados para el clic, no para la utilidad. Las redes sociales se inundan de lo que pasa tanto de lo que no pasa porque no hay un filtro de calidad más allá de lo morboso que resulte el contenido. Tenemos que aprender a diseñar nuestro propio estándar para navegar en la infoxicación.
La quinta marcha de la presión social
Lo que mantiene tu pie sobre el acelerador de tu vida es la presión social: si los demás lo hacen, entonces hay que adaptarse a la norma. Pero aquí un secreto: la verdadera norma la dicta la biología, todo lo que la sobrepase causa enfermedad. Por mucho que los demás parezcan adaptarse mejor a la presunta normalidad, en realidad solo están tardando más en desplomarse ante la insostenibilidad del paradigma moderno.
Pisar el freno como acto de rebeldía
Pisar el freno es decidir que tu tiempo vital vale más que una tendencia. Que no necesitas que el día tenga más horas, sino que las horas que ya tiene sean de calidad y te permitan sentirte realizado con lo que haces cada jornada.
Significa decir no a la hiper productividad, a la exigencia, al ruido y al consumismo vacío para construir un patrimonio de bienestar. Se trata de usar la lógica para hacer las paces con la biología para andar sin peso y recuperar nuestra creatividad genuina.
La lentitud rebelde de Hooper
Nighthawks no fue la única obra en la que Hooper retrató la soledad de la sociedad urbana. Sus retratos hipnóticos muestran a personajes profundamente conmocionados por la dinámica de la tecnología temprana que ya había empezado a revolucionar todo, tal como estamos viviendo ahora. Un recordatorio de que el criterio ético es atemporal.
Hooper no sometía a sus personajes a la dinámica superflua y asfixiante que los rodeaba, sino que les pintaba un mundo interno propio y los alejaba sutilmente de la escena general. Un mensaje que reivindica el derecho de habitar el mundo sin forzar la sonrisa ante un chiste malo o participar en una mano que no nos es favorable.
Cómo bajar las revoluciones de tu motor
- Análisis de los aceleradores: Dedica un tiempo a analizar cuáles son los principales aceleradores de tu vida. No te limites a los expuestos, busca más allá. Piensa en todas las situaciones que te agobian y evalúa qué porcentaje de culpa tienen en ellas la prisa o la presión.
- Control de los pedales: Aprende a regular esos aceleradores mediante la práctica. Reflexiona profundamente sobre el papel que tienen en tu vida y establece unos límites lógicos para esas actividades con más potencial a dejarte pegado a ellas, como el scroll.
- Reducción progresiva: No pretendas bajar la velocidad de golpe pisando todos los frenos (hábitos que te dan seguridad) a la vez. Cuando tengas el pedal de uno controlado, ve a por el otro. Así, hasta que puedas llegar a tu velocidad de crucero saludable.
- Velocidad de crucero: Los caminos de la vida no son rectos. A veces debemos pisar el freno o acelerar para adaptarnos a la carretera. Sé consciente del cambio de velocidad para regresar siempre a tu velocidad natural.
Pisar el freno no es fracasar, es el acto coherente de evitar un choque predecible.
La mejor forma de sabotear el efecto de la prisa es acompasarse con el ritmo natural de la vida y explorar el mundo con criterio propio. Si estás buscando un refugio intelectual y materias puras para diseñar tu obra de arte, el Motín Creativo es para ti.


